24.11.10

La calle se encontraba completamente desolada. El viento gélido que soplaba constantemente hacía danzar a las hojas secas, tan desprovistas de vida, sobre la acera gris como por arte de un titiritero nigromante. La atmósfera crepuscular era lúgubre, mortuoria. El aire estaba impregnado de muerte, agonía y nostalgia. No parecía haber lugar para la vida en aquella colosal tumba polvorienta, aquel cementerio, aquel mausoleo, aquella degradación del día. Dios, Satán, y todas las legiones de ángeles y demonios cualificaban como intrusos ahí. Cualquier susurro febril, cualquier nota perdida, cualquier pensamiento y cualquier movimiento eran la máxima profanación al mortecino silencio. Todas las sombras difusas que los árboles raquíticos proyectaban sobre el frío cemento eran la Muerte personificada, aguardando, acechando, buscando, esperando encontrar una víctima más a su eterno aprisionamiento.
Era éste el callejón de la muerte.
¿Dónde estaban las almas errantes? ¿Dónde se hallaban todos los fantasmas y espectros? ¿O era acaso esta Muerte tan imperante que ni el fantasmal recuerdo de los difuntos perduraba?
Yo profanaba la Muerte estática. Mi presencia condenada y maldita. Yo y mi estúpido intento de aparentar hallarme en un estado inerte, de ser tan sólo otro objeto gris y carente de vida en la infinita calle. Qué fútiles intentos. Era imposible burlar a la Muerte, no se podía alcanzar la inmortalidad.
Sintiéndome impotente, me senté en el bordillo de la acera junto a una alcantarilla hacia la cual no fluía molécula de agua alguna, y abracé mis rodillas. Sintiéndome vulnerable, sepulté mi rostro surcado por las huellas de amargas lágrimas entre mis brazos y percibí el viento corretear entre mis cabellos, el aliento de la Muerte soplando sobre mi nuca. Sintiéndome desesperanzada, proferí un corto e imperceptible suspiro y aguardé a que la Parca terminara con mi desdichada existencia.
Ya no valía la pena continuar viviendo. Ya no más. Por esa razón había salido de mi hogar y me había internado en el funesto silencio solitario. Por esa razón les había dado la espalda a mis traidores antes de penetrar en las sombras.
En la antigua casa detrás de mí se encontraban mis supuestos amigos y Dante, el presunto amor de mi vida. Hoy era el día en el que él y yo cumplíamos dos años de ser novios. Habíamos decidido celebrar la ocasión organizando una mascarada, con fastuosas túnicas y quiméricos disfraces, pero al fin comprendí la realidad. Durante todo este tiempo ellos habían estado engañándome, presentándose ante mí con falsas palabras de amabilidad y elaboradas máscaras, al igual que actores en un excelso trabajo de dramaturgia.
En la opulenta mascarada de Dante, en lugar de encubrirse y adornar su espectacular belleza, estos infames invitados habían decidido retirarse sus máscaras y mostrarse ante mí tal cual eran. Habían decidido desplegar sus negras alas y revolotear alrededor de los escombros de mi roto y pisoteado corazón, desintegrando los trocitos y revolviéndolos y machacándolos como cenizas de crematorio. Habían decidido mostrarme su relumbrante malevolencia.
Yo había logrado huir antes de que las escamosas garras del séquito de la infamia arrancaran mi alma de un solo jalón, pero no antes de que sus afilados picos aguileños rasgaran mi intelecto y me dejasen completamente fuera de combate. Esos odiosos demonios emplumados, negros como cuervos, como duques infernales a escala mundana, vendrían a terminar conmigo tan pronto el manto de la noche nos arropara. Al menos por ahora me encontraba a salvo, sin embargo. Incluso los demonios respetaban el reino de la Muerte.
Una furia fría consumía mi alma, chamuscando mi interior con su fuego azulado. ¿Cómo se atrevían a insultarme, a traicionarme de aquella manera?
Quizá, sólo quizá, podría vengarme.

***

Fatima vagaba entre las sombras del crepúsculo, danzando despreocupadamente con la Muerte en aquella tarde plateada. Su cuerpo yacía bajo una lápida en un camposanto no muy lejano, con tres metros de tierra presionando eternamente su pecho. Era ése, sin embargo, un dato carente de importancia. Su alma era libre, libre como el viento, libre para vagar sin temor alguno en el imperio de la Muerte.
Las hojas de los árboles corrían alrededor de ella; las hojas muertas eran sus compañeras. Era el carnaval de los difuntos, de quienes ya no podían pasearse más en el ámbito de los vivos. ¿Quién decía que la muerte era solemne y triste? Podía ser incluso más hermosa que la vida misma. Sólo era cuestión de verla sin prejuicios, sin miedo, y el tiempo era quien mejor enseñaba aquella filosofía.
Para Fatima, el crepúsculo no era gris sino plateado. Era una tarde preciosa, un momento majestuoso en la eternidad. Era su verdadero hogar. Era la única hora en que la Parca reinaba.
Por eso mismo, se maravilló al encontrar un ser viviente en aquel callejón de plata helada.
El ser, tan sólo una muchachita, estaba completamente inmóvil en el bordillo de la acera. Su cabeza estaba hundida entre sus brazos y las lágrimas que surcaban su rostro se habían secado hacía ya mucho tiempo. Su quietud asemejaba la de una estatua. De hecho, quizá hubiese podido pasar completamente desapercibida por Fatima de no haber sido por su respiración ardiente, furiosa. Sus inhalaciones robaban el aire bruscamente y lo devolvían en forma de millares de agujas al rojo vivo al momento de exhalar. Era la respiración de un humano herido. 
Fatima cesó sus bailes al ritmo de las marchas fúnebres al instante. Transportó su alma ingrávida al lado de la joven y se quedó ahí, observándole con curiosidad. La muchacha se estremeció. Tal vez percibía, aunque fuera inconscientemente, la presencia del alma junto a ella. Tal vez sólo tenía frío.
¿Quién eres?, se aventuró a preguntar Fatima.
La joven respondió desde lo más profundo de su inconsciencia. En realidad era incapaz de percibir al espíritu, al menos por el momento.
Pronto no seré nadie.
Fatima no supo cómo interpretar aquellas crípticas palabras.
 ¿Qué haces aquí fuera? Éste no es un lugar apropiado. Éste no es un momento apropiado.
Huyo de mis propios demonios.
¿Qué te han hecho?
Los mataré.
¿Quiénes son?
¡Los mataré!
¿Dónde están?
¡Los mataré!

***

—¡Los mataré!
Mis palabras se habían escapado irremediablemente en un volumen nada moderado. Me llevé rápidamente una mano al rostro, presionando contra mis labios un par de dedos helados como si con ello pudiese contener mi voz dentro de mi garganta, como si con ello pudiese recuperar las palabras pronunciadas. El sonido, sin embargo, resonaba ahora en la calle, rebotando contra la banqueta y viejos los muros agrietados.
Cerré los ojos con fuerza durante algunos instantes intemporales. ¡Había profanado el silencio! Esperaba que en cualquier momento centenares de almas enfurecidas se abalanzaran sobre mí, blandiendo cuchillas afiladas, profiriendo gemidos de ira homicida. Intenté no formar en mi mente imágenes de sus ojos huecos y anegados en sangre, la última visión que captaría antes de fallecer. Intenté no imaginarme la agonía que provocaría el filo de las múltiples navajas sobre mi cuerpo mortal, rasgando la piel cual trozo de tela, rasgando la carne con dientes de depredador, perforando vísceras y haciéndolas estallar como globos en una feria color carmesí.
Intenté pensar racionalmente; intenté no sentir, no temer, no imaginar.
Mis terroríficas visiones adquirieron cierta evanescencia, difuminándose lenta pero certeramente, evaporándose hacia el cielo o absorbiéndose por mi mente. Entonces, mis pensamientos dieron paso a una única pregunta, una interrogante demandante que se imponía sobre todo lo demás.
¿Por qué lo dije?
¿Qué motivó mis palabras? ¿Qué motivó mi grito?
No podía recordarlo.
Confundida, me atreví al fin a abrir los ojos. Durante una fracción de segundo vislumbré ante mí una figura sombría, erguida con imponente seguridad y quizá algo de curiosidad. Parpadeé una sola vez. Ya no estaba ahí.
Fruncí el ceño. ¿Ahora acudían las legiones de espíritus, acaso?
—¿Los mataré? —murmuré lo más quedamente posible. Era en verdad una interrogación a mí misma. Supuse que me refería a Dante el Demonio y a su aquelarre, pero no podía asegurarlo. Sin embargo, dejé que una sonrisa a medias se esbozara en mi rostro ante la perspectiva.
El viento sopló, trayendo consigo un vago aroma a tierra tibia. Se trataba tan sólo de una reminiscencia del sol de mediodía.
¿Por qué habrías de? Era como un susurro inaudible pronunciado en mi mente por labios invisibles.
Ante mis ojos danzaron imágenes quiméricas. Vi una niña, una chica de aproximadamente quince años, menuda y de facciones armoniosas. Estaba enfundada en un vaporoso vestido amarillo de falda amplia, y se mecía en un columpio de mimbre blanco ornamentado con listones rosados. Se hallaba en un amplio y pulcro jardín bañando por la dorada luz del atardecer. La niña sonreía, con sus mejillas rosáceas y su pálida tez radiantes de felicidad, con sus dientes perfectos y afilados contorneados por labios del color de las fresas maduras. Su cabello de latón refulgía como el fuego, enmarcando en una espesura de caireles sus ojos nebulosos.
Percibí un aroma a naranjas y a rosas. Sentí el suave calor del sol sobre mi piel, como si de alguna manera me hubiese transportado al interior del cuerpo de la niña.
Todo esto duró tan sólo unos fugaces segundos. Cuando terminó, me hallé a mí misma tumbada a plena calle en medio de un diminuto torbellino que levantaba hojas muertas a su paso, deseando conocer a esa chica y añorando la sensación cálida que el sol había provocado en mis venas. ¡Había sido algo tan sublime, tan hermoso! Sentía el calor y la felicidad, sí, pero también distinguía una sensación de melancolía, como si todo lo que hubiera visto fuese ya inexistente, como si la niña estuviera muerta, como si el jardín fuese polvo y nada más.
¿Cómo podía ser perecedera semejante belleza?
Desolada, sentí las lágrimas rodar por mis mejillas. Eran calientes, humeantes, como hechas de sangre abrasada.

***

Fatima observaba a la chica con verdadera perplejidad. ¿Por qué lloraba? Se acercó a ella, titubeante, con una mano extendida al frente como si pretendiese tocarla.
La chica tenía el cabello largo y lacio, del color de las plumas de un cuervo. Sus ojos empañados por las lágrimas parecían amatistas. Su cuerpo era esbelto; su rostro era pálido y hermoso, de rasgos un tanto afilados. Estaba vestida con una ajustada blusa de tirantes negra con flores de encaje y una falda del mismo color bastante corta, todo esto complementado por medias de red, botas de plataforma góticas, guantes largos hasta el codo y hartos collares, pulseras y aretes con motivos de dragones y gárgolas.
Fatima contempló brevemente los hombros desnudos de la muchacha y se preguntó si sentiría frío. Se preguntó por qué motivos se encontraba ahí en el crepúsculo, llorando de ira sentada en el bordillo de la acera. Se preguntó por qué fluían sus lágrimas ahora. Sabía que no era ya por ira dado que su expresión rayaba en la serenidad y su respiración había dejado de ser ardiente.
Soy invisible para ti, ¿verdad?, murmuró Fatima no sin cierta tristeza.
¿Eres tú la niña del columpio, seas quien seas?, preguntó la muchacha en sus pensamientos. Sus sollozos habían cesado, pero permanecía en la misma postura lánguida.
Fatima sonrió.
¡Captaste las imágenes! Sí, esa era yo cuando estaba viva.
¿Eres un fantasma?
Así es como nos suelen clasificar los mortales, aunque somos mucho más y a la vez mucho menos que eso.
Pues eras, o eres, muy bonita, según lo que me has transmitido.
Fatima se sintió ruborizar. 
Gracias. Tú también lo eres.
La muchacha sonrió y negó suavemente con la cabeza. Se incorporó con lentitud hasta quedar sentada sobre el duro cemento. Miró alrededor. Cuando cerró los ojos, sendas lágrimas trazaron surcos en su inmaculado rostro. Sus largas pestañas dejaron huellas en sus párpados inferiores a causa de su sobrecargado maquillaje corrido por la humedad.
Es verdad, dijo, eres invisible. ¿Tan siquiera existes? ¿O eres producto de mi pueril imaginación?
¡Claro que sí existo! Puedo demostrártelo.
¿Cómo?
Fatima titubeó unos instantes antes de responder.
Tienes que permitir que te toque.
La muchacha asintió con la cabeza, aún sonriendo.
Hazlo. Demuéstramelo. No tienes idea de hasta qué punto deseo una pizca de realidad en esta vida mía.
La muchacha extendió los brazos como si la hubiesen crucificado al aire y se quedó a la espera.
Fatima ladeó la cabeza, considerando todas y cada una de sus posibles siguientes acciones. Aún sin decidirse del todo, avanzó lentamente hacia la chica. No pudo evitar alzar la vista al cielo y sentirse sobrecogida al notar que el manto gris celeste se teñía suavemente de añil en las orillas.
Pronto desaparecería.
Al término del crepúsculo, cuando el séquito de la Muerte se retiraba en procesión a la ultratumba, una peculiar atmósfera engullía a la Tierra entera. Este fenómeno era llamado la Hora Azul. En términos de fotografía, sus propiedades luminosas provocaban que el cabello rubio resplandeciera, y en general hacía que el olor de las flores se acentuara durante el verano. El cielo era eléctrico, más azul que el más intenso de los cielos de mediodía, mas la oscuridad comenzaba a reptar bajo su amparo.
Fatima y el resto de los difuntos no solían quedarse a presenciar la Hora Azul. Aquel ya no era su mundo. Ya no se encontraban al amparo de la dulce Muerte. Era el territorio de las almas en pena, aquellas rebeldes que no se atenían a las normas ni de la vida ni de la expiración. Las almas como Fatima se esfumaban irrevocablemente en la nada, en el olvido, y tan sólo permanecían aquellas que buscaban venganza y los exiguos condenados al limbo, exiliados del infierno y de la Tierra.
Ahora que el crepúsculo languidecía, ahora que la bóveda celeste se oscurecía gradualmente en sombras azules, la angustia amenazaba con apoderarse de Fatima.
¿Por qué tenía que ser tan efímera la eternidad?
Impulsivamente, se precipitó hacia la muchacha y la cogió suavemente de la mano. Observó, con cierta alarma, cómo la piel de la chica se erizaba ante su contacto. 
¿Tú eres quien provoca esto?, inquirió la muchacha.
Supongo que sí. No soy más que aire gélido, al fin y al cabo.
La chica abrió súbitamente los ojos y su mirada violeta se encontró fugazmente con Fatima.
—¡Pude verte! —exclamó, hablando como los mortales, pronunciando las palabras con su voz ronca y dulce.
Fatima esbozó una sonrisa radiante.
¿De verdad?
—¡Sí! —La muchacha sonrió con timidez, parpadeando rápidamente, buscando otra oportunidad para ver al alma—.  Tu apariencia es casi idéntica a la que tenías en las imágenes que me transmitiste, las del jardín, pero ahora luces asombrosamente entristecida.
La muerte no es alegre en absoluto, pero ciertamente es más bella que la vida.
—¿Puedes entonces llevarme contigo?
¿Realmente quieres morir?
—No me queda nada en este mundo.
Los mortales no saben lo que es la nada. Aún te queda mucho aquí.
—Lo que me queda no vale la pena.
¿Es posible que algo sea tan malo?
La muchacha se encogió de hombros y le dirigió una rápida sonrisa al aire que, aún sin que ella lo supiera, acertó al sitio donde se encontraba Fatima.
—Sí. Son… ¿hombres? ¿Demonios? ¿Ambos? No lo sé. Tanto hombres como demonios hieren sin escrúpulos.
Fatima guardó silencio durante algunos instantes antes de responder.
¿Por qué permites que te hieran de esa manera? ¿Por qué permites que te controlen psicológicamente? No deberían de ser capaces de provocar que alguien tan hermoso como tú desee morir. Los hombres no deberían de lastimar a las mujeres, y los demonios no deberían de entrometerse con los humanos. De cualquier manera, ¡estás siendo víctima de una injusticia!
—Bonitas palabras, pero supongo que ya llevas suficiente tiempo existiendo en donde te encuentras como para haber comprobado que ninguna ley ni código de ética afecta a estos… seres. Dime tú, ¿existe un dios? ¿Quién o qué es el máximo juez encargado de velar por los marginados?
Fatima rodeó los hombros de la chica con un brazo y se colocó de pie detrás de ella, abrazándola suavemente.
Es verdad lo que dices, pero has de comprender que a veces olvido todo lo que la Muerte y el Tiempo me han enseñado. Sigo expresándome como si hubiese sangre cálida corriendo por mis venas. Tú hablas con la voz de alguna precoz experiencia. Diríase que en estos momentos tú pareces ser la sabia.
La muchacha apoyó la cabeza en los muslos de Fatima. La chica muerta, al notarlo, se arrodilló y acunó a la joven en sus brazos. ¿En qué momento habían empezado a confiar tanto la una en la otra? Desconocía la respuesta. Se sentía bien abrazar a un ser vivo dotado de una belleza tan impresionante.
—Déjame morir, entonces —dijo la muchacha—. Ya tengo lo que se necesita, ¿no es así? Además, si tú no me llevas contigo, si no me suicido o algo así, los hombres o demonios me torturarán hasta la muerte.
¿No estás exagerando?
—No —replicó con una sonrisa afligida, meneando la cabeza. Se incorporó súbitamente y abrazó a Fatima, guiándose tan sólo por su intuición para hallar el cuerpo de la chica fantasmal. Exclamó—: ¡Llévame contigo, te lo suplico!
Fatima, sobresaltada, elevó la vista a la bóveda celeste. El color azul eléctrico oscurecía rápidamente. Venus titilaba bajo la luna menguante que apenas se asomaba por el horizonte.
La Muerte se había marchado.
Pequeña mortal, inocente y misteriosa, pronto he de partir. Volveré a este mismo lugar dentro de exactamente veintidós horas.
—No estaré aquí en ese entonces. ¿No eres capaz de quedarte conmigo? Sólo por unas horas…
Yo no lo puedo controlar. Quisiera, pero no me es posible.
Fatima se sentía cada vez más incorpórea. Abrazó a la muchacha con fuerza, como si así fuese capaz de transmitirle coraje para vivir, fuerza para luchar; cualquier cosa que sustituyera los sentimientos de soledad y desesperanza.
Te prometo que no te dejaré morir. No permitiré que te asesinen tus enemigos. Estaré junto a ti. No te abandonaré.
—Ya casi no puedo sentir tu cuerpo —dijo la muchacha con suavidad. En su voz no había nada más que resignación.
Júpiter brillaba en el cenit. La constelación de Orión se hacía cada vez más visible, al igual que decenas de estrellas solitarias que poco a poco adornaban el oscuro velo nocturno.
Fatima quería pronunciar unas últimas palabras. Deseaba poder expresar el sentimiento que la chica había provocado en su rancio corazón, pero ya no tenía fuerzas para comunicarse. Se sentía casi como una segunda muerte.
—¡No te vayas, no te vayas, oh, por favor, no te vayas! —gimoteó la joven, intentando asirse al ectoplasma evanescente—. ¡No me abandones!
Fatima se sumergía en una oscuridad líquida, ensordecedoramente silenciosa, bastante familiar. El mundo de los vivos, aquel que alguna vez le había pertenecido, comenzaba a desvanecerse.  El frío concreto bajo su cuerpo era casi imperceptible. Lo único tangible era el cuerpo de la chica, frágil y tibio al tacto, palpitante con vida, aquel cuerpo al que besó impetuosamente.
La chica se sorprendió al sentir los labios de la fantasma sobre los suyos, pero comprendió al instante que se trataba de un acto de desesperación. Sin tardanza alguna, respondió al beso gélido, derramando aún más lágrimas, sintiéndose amada, repitiendo en su mente las palabras «no te vayas» cual plegaria elevada al cielo, cual mantra satánico.
Al cabo de una efímera eternidad, los labios de la muchacha ya no besaban nada, y su cuerpo cayó al suelo sin que ella opusiera resistencia alguna.
Fatima se había marchado.

***

Fatima perdió su forma humana y voló por los aires como energía pura, recorriendo años luz en milisegundos, evadiendo las leyes del tiempo y la naturaleza, insensible a las inclemencias de la infinidad y del vacío. Era un alma virgen, en teoría inconsciente, carente de sueños y de recuerdos, sumida en la más absoluta oscuridad interior.
Era ésta la metamorfosis que sufría día a día en el lapso entre un crepúsculo terrícola y otro.
Esta ocasión, sin embargo, era diferente a las demás. No había perdido la consciencia. Había permitido ingenuamente que la felicidad inundara su corazón, pero el sentimiento había resultado ser perjudicialmente intenso. Ahora se contemplaba a sí misma como una acumulación de energía, como una centella invisible que cruzaba el universo hasta llegar al Caos primigenio, al mero origen del tiempo y de las dimensiones.
Se contemplaba a sí misma a través de ojos que ya no existían.
Era algo terrorífico, horripilante, absolutamente demencial. Al cabo de  poco tiempo, cualquier vestigio de alegría la había abandonado por completo.
El Caos era el mismísimo infierno.
Otras almas se deslizaban a toda velocidad junto a ella en dirección a la Tierra; almas malvadas, sin escrúpulos, exiliadas del Reino de la Muerte. Su paso provocaba ráfagas de alucinaciones, de visiones, de ilusiones. Los cúmulos de energía aparentaban, en algunas ocasiones, poseer algo semejante a un rostro. Eran caras con profundos agujeros como ojos y bocas redondas, abiertas de par en par, que emitían sonidos desgarradores y que vomitaban sombras e insectos putrefactos.
Fatima deseaba huir y desaparecer en el olvido. Deseaba poder hacer cualquier cosa menos seguir siendo víctima de aquel martirio.
¿Cómo podría soportar veintidós horas terrestres, inmersa en aquella vorágine de energía pese a que tardaba tan sólo unas cuantas milésimas de segundo en recorrer un año sideral? ¿Cómo podría soportar la existencia en un lugar que ningún ser debería jamás visitar, ni en la más terrible de sus pesadillas?

                                   ***


Me estremecí bajo el manto nocturno, aún saboreando los labios de la chica fantasma, preguntándome incrédula y a la vez aliviada por qué no me había llevado consigo.
Abrí los ojos. Vi a lo lejos un par de círculos azulados, luminosos, danzando casi imperceptiblemente en la oscuridad, aumentando poco a poco de tamaño mientras se acercaban hacia mí. Supuse estúpidamente, aún bajo el efecto de tan sobrenatural experiencia, que era obra del espíritu de la niña del jardín victoriano. Me quedé ahí tumbada, esperándola con una sonrisa propia de una drogadicta.
No fue sino hasta cuando los círculos quedaron a unos diez metros de distancia cuando reparé en que en realidad se trataba de los faros delanteros de un automóvil. Ya no conservaban ni siquiera su forma esférica. Ahora eran alargados, de ángulos agresivos, como los ojos de un depredador caricaturizado. Como para reforzar mi imagen mental, el motor rugió.
Intenté entonces incorporarme, pero me encontraba completamente paralizada. El automóvil aún avanzaba, más y más. ¡Moriría atropellada! El más embriagante pánico estrujaba mis entrañas. Recordé que alguna vez alguien había dicho que un animal que se encuentra ante una inminente muerte bajo los neumáticos de un vehículo se petrifica, aterrorizado, observando con ojos desorbitados los faros. En aquel momento comprendí perfectamente la situación. Qué triste sensación, qué triste escenario. No me imaginé nunca terminar mi vida sintiéndome como una zarigüeya.
El pánico fue reemplazado por impaciencia, y aguardé el letal relámpago de dolor que seguramente recorrería todo mi cuerpo. Asenté mi vista en una estrella, Canopus, para tan siquiera darme el lujo de contemplar algo hermoso en mis últimos segundos.
Esperé.
Canopus titiló.
Nada ocurrió.
Dirigí mis ojos hacia donde supuse que estaría el lado del piloto, pero me llevé una sorpresa al comprender que el automóvil se había detenido a un metro antes de alcanzarme.
El conductor abrió la puerta y se apeó.
Era un hombre. Su voz ronca pronunció mi nombre:
—¡Elodia!
Y corrió a arrodillarse a mi lado.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó al tiempo que intentaba levantarme del suelo con cauta suavidad.
Recordé a Dante y a su séquito demoniaco. ¿Dónde estaban? ¿Qué había sucedido con ellos? Temerosa, fulminé al hombre con la mirada, sólo por prevenir, aunque aún no lograba identificarlo.
—Elodia, soy Alistair, ¿no me recuerdas? —dijo entonces como si hubiese leído mis pensamientos.
—¡Alistair! —susurré, maravillada. Sentí cómo una sonrisa se dibujaba en mi rostro.
Aquel era el nombre del hermano gemelo de Dante, menor que mi novio por poco más de media hora.
Era increíble el parecido entre ambos, tanto física como psicológicamente. A simple vista, lo único que los diferenciaba era la longitud del cabello de Dante, que lo llevaba largo hasta los omóplatos, en comparación al de Alistair, que apenas tocaba su nuca. Por otra parte, la mirada de este último era feroz, casi homicida, aunque su alma era considerablemente menos maliciosa que la de su hermano.
Alistair me devolvió una sonrisa cargada de alivio al ver que lo reconocía.
—¿Qué haces aquí? —inquirió con delicadeza. Sus ojos verdes no poseían la ferocidad habitual. Al contrario, eran dulces. Su cabello castaño ondulado brillaba, bañado bajo la luz de los faros de su BMW—. ¿Experimentaste otro episodio de sonambulismo?
Sentí su mano fría acariciar mi frente. Era reconfortante.
—Dante me ha traicionado —respondí en un siseo apagado, escrutando su rostro frenéticamente en busca de algún indicio de escepticismo—. Dante, Marina, Alicia, Santiago, Daniel, ¡todos ellos! ¡Todos ellos me han traicionado!
Él frunció el ceño.
—¿Traicionar? ¿A qué te refieres? ¿Qué han hecho? —Me levantó, transportándome hasta el asiento trasero del automóvil—. Cuéntamelo todo.
—Han hecho cosas terribles. No les queda ningún rasgo que los identifique con su antigua identidad. Ahora son… —titubeé—, demoniacos. Monstruosos. Planean asesinarme.
El rostro de Alistair expresaba una profunda perplejidad. Sin embargo, al cabo de pocos segundos, su boca se curvó en una sonrisa socarrona.
—¿Pero qué dices?
—¡Tu hermano es un asesino!
Soltó una estrepitosa carcajada, incoherente con la serena atmósfera. La garra del pánico volvió a posesionarse de mi estómago, retorciéndolo lentamente.
Alistair cerró la puerta del asiento trasero y caminó hacia el lado del conductor, diciendo entre risas:
—¿Dante, un asesino? ¡No lo creo! ¿Dante, monstruoso? ¡Ja, tal vez eso sí!
Se dejó caer en el asiento y apagó el motor y las luces antes de volver a salir. La noche se volvió considerablemente más oscura a nuestro alrededor. Parecía ser negrura líquida y viscosa. No se distinguía ningún objeto. Incluso Alistair, ataviado con sus elegantes ropas oscuras, se camuflajeaba perfectamente bien. Sus risotadas fueron remitiendo poco a poco hasta que no quedó más que su reverberación en el aire.
—Elodia —dijo, asomando la cabeza por el hueco de la puerta—, creo que tu mente te ha estado jugando trucos. Lo que recuerdas es tan sólo un sueño, una pesadilla. No pases por alto el hecho de que presentas trastornos del sueño y lagunas mentales al igual que crisis psicóticas. Además, Dante te ama a sobremanera, y sabes que nunca haría nada que te lastimase.
—¡Te juro que esto no se debe a ninguna de mis perturbaciones mentales! Es la mera realidad. ¿O qué, no me crees? ¿Acaso tú también vas a desertarme?
—No. Solamente quiero demostrarte que tus temores son infundados.
Cerró la portezuela y, lanzándome una última mirada de consternación, se dirigió hacia el pórtico de la casa ahora habitada por los demonios. Aterrorizada, sintiéndome como una condenada ante el verdugo, intenté salir del automóvil, pero lo había cerrado con llave.
Vi a Alistair caminar rápidamente, detenerse titubeante antes de llamar a la puerta y pronunciar el nombre de su hermano con simulada autoridad.
Un alarido comenzaba a nacer desde lo más profundo de mis entrañas, surgiendo desde mi estómago tenso y subiendo por mi pecho hasta el punto más alto de mi garganta. Lo contuve respirando hondamente, pero sabía que en algún momento tendría que ser liberado.
Transcurrió poco más de un minuto. El oscuro interior de la casona permanecía inmutable. No se advertía el más mínimo movimiento del otro lado de los ventanales. Sin embargo, no me permití sentir ni una tenue sombra del alivio.
Alistair miró furtivamente en dirección al BMW, dedicándome un débil intento de sonrisa.
Volvió a llamar a Dante.
Esta vez, el pesado portón de hierro se abrió casi de inmediato. Un fino haz de luz amarillenta cortó la noche cuando alguien encendió las lámparas del vestíbulo, bañando a Alistair y confiriéndole un aspecto angelical incoherente con sus entornos.
Contuve bruscamente la respiración.
No podía ver a nadie en el interior, pero a juzgar por los gestos de Alistair, supe que era con mi demoniaco novio con quien hablaba. Al cabo de unos momentos, la puerta se abrió de par en par, revelando una solemne silueta masculina recortada contra la luz que producían los candelabros. Vestía pantalones formales y una levita, y portaba un antifaz ornamentado con gigantescas plumas falsas y diamantina, tal y como yo recordaba haberlo visto por última vez. Una ráfaga de álgido viento hizo ondear su largo cabello.
Lucía imponente, como un ser recién nacido de las tinieblas. Lucía hermoso, como el hombre del que yo me había enamorado. Lucía letal, como un depredador que destilaba peligro.
Alistair le dijo algo y caminó de regreso al automóvil. Dante lo siguió de cerca con porte majestuoso. Advertí que sus ojos estaban fijos en los míos.
El hermano menor abrió la portezuela de mi lado y se apartó para dejarle el camino libre a Dante. Él subió, sentándose junto a mí, aún observándome con sus ojos hipnotizantes e impasibles.
—Hola, mi amor —me dijo en una voz baja, profunda, seductoramente inexpresiva.
No respondí. No pude hacer nada más que intentar evitar perderme en sus irises verdes.
Él sonrió con gallardía. En adición a su antifaz, aquel gesto se vio puramente siniestro. Sus afilados dientes centellearon en la oscuridad. Se acercó más a mí, con movimientos lentos. Colocó su dedo índice sobre mis labios.
—¿Qué pasa, Elodia? ¿No quieres hablar conmigo? —Soltó una risita—. ¡Pero si no te he hecho nada! —exclamó, y luego, acercando su boca a mi cuello, susurró—: ¿O acaso me temes?
Al fin se activó algún mecanismo instintivo en mi interior. Logré hablar:
—¿Debería de temer? —Mi voz sonó desagradablemente ronca.
Me alejé de su contacto, deslizándome torpemente sobre el tapizado de vinil del asiento hasta que mi costado topó con la puerta del extremo opuesto. Reparé en el hecho de que, Alistair, reclinado en la carrocería con los brazos cruzados, contemplaba el espectáculo cósmico con gesto abstraído, completamente ajeno a lo que ocurría entre su hermano y yo.
Dante volvió a sonreír. Intenté no pensar en lo bien que le sentaba aquella levita, tan elegante, tan gótica, tan vampírica.
—Tu comportamiento me indica que te resulto temible —apuntó. Tenía la barbilla apoyada sobre su puño, pensativo—. ¿Me amas, Elodia? ¿Cómo puedes temer aquello que amas, suponiendo que sea ese el caso? ¡Respóndeme! ¿Te resulto pavoroso, demoniaco? —Rió. 
—Sí, justamente demoniaco —gruñí.
—¿Qué dijiste?
—Nada. Has cambiado mucho, ¿lo sabes? Antes jamás me hubieras tratado así; hoy ni siquiera eres tú mismo.
Aquello pareció enfurecerlo. En sus ojos brilló una chispa de demencia.
—¿Cómo te atreves a decir eso? ¿Quién más iba a ser, si no yo mismo?
Su rostro se crispó en un gesto de furia homicida, una expresión impropia en él. Para mi enorme sorpresa, cogió con brusquedad mis piernas y las subió al asiento, tironeándome hacia él hasta que quedé completamente acostada. Acto seguido, se abalanzó sobre mi cuerpo, sujetando firmemente mis muñecas con sus manos. Forcejeé un poco, pero su fuerza era brutal. Me sentía completamente indefensa bajo su musculosa complexión, vibrante de energía y poder físico. Sus manos eran como garras sobre mi piel, rasguñándome y lastimándome, recorriendo ávidamente mi pecho, mi abdomen, y mis muslos.
¿Dónde había quedado la ternura de antaño, la ternura que los amantes se profesan mutuamente? ¿Pretendía violarme?
Busqué su rostro con la mirada para advertir sus intenciones, pero me arrepentí al instante.
Sobre mí se encontraba un desconocido infernal. Sus ojos negros carecían de iris y estaba anegados en sangre que se derramaba como lágrimas sobre su piel azulada. Sus labios oscuros estaban entreabiertos, revelando dos hileras de colmillos torcidos y afilados como puntas de lanzas.
Antes de que yo pudiese tan siquiera reaccionar, la imagen cambió.
Ahora era Dante, el que yo recordaba como mi novio, con su rostro angelical aunque no del todo inocente y su expresión serena y adulta. Una lágrima normal, incolora, resbaló por debajo del antifaz. Murmuró una frase ininteligible, pidiéndome perdón con la mirada.
Luego, volvió a cambiar.
Me encontré de nuevo con el punto medio entre ambas entidades, con aquel ser con aspecto de Dante y corazón de demonio, que me observaba con absoluto desprecio.
Todas las visiones habían sido tan fugaces… ¿Quizá todo era un sueño, una pesadilla, como Alistair había asegurado? Tal vez estaba enloqueciendo.
—Entremos a la casa —dijo Dante repentinamente.
Me abrazó y salió del automóvil, obligándome a mantenerme en pie pero sujetándome entre sus brazos. Alistair cerró la portezuela y caminó junto a nosotros.
—¿Qué le ocurre a Elodia, Dante? —le preguntó quedamente.
—No lo sé. Tú, tranquilo. Elodia está delirando.
—¡Claro que no! —intenté protestar, pero ni yo misma me creí mis palabras. ¡Todo se había vuelto tan confuso!
—Silencio, mi amor —me dijo Dante, acariciando mi cabello—. Deberías de descansar un rato. Cuando sea suficiente, verás que todo está bien.
Entramos en la casona, dejando la noche y las estrellas atrás.
—¿Siguen aquí los otros? —quiso saber Alistair.
Su hermano meneó la cabeza mientras ingresábamos al amplio vestíbulo neoclásico. La cálida luz de las velas que colgaban de un par de arañas de cristal nos dio la bienvenida. Una suave fragancia floral flotaba en el aire.
—No —dijo—. Marina y Santiago tenían que asistir a una cena organizada por el comité de padres, o profesores, o algo así, organizada por su escuela. —Una sonrisa maliciosa se dibujó brevemente en su rostro, como si supiera algo que nosotros desconociéramos—. Y Alicia y Daniel decidieron ir al cine de arte a ver Donnie Darko. Tenemos toda la casa para nosotros.
Justo antes de llegar a la puerta que conducía a la sala de estar, pasamos frente a un enorme espejo de moldura dorada a juego con los pocos muebles existentes en aquella habitación. Observé transitoriamente mi reflejo, acomodando mi desarreglada indumentaria.
—¿Todos salieron de la mansión? —pregunté, incrédula—. ¿Cómo es que no vi a nadie, entonces?
Dante me fulminó con la mirada.
—Salieron por atrás. Bien sabes que conduce directamente a la autopista que lleva a la ciudad.
—No sabía que Daniel y Alicia se llevaban bien —comentó Alistair distraídamente para liberar la tensión en el ambiente.
—¿Qué hacías tú solo en este lugar, Dante? —persistí, ignorando a Alistair. No me iba a dar por vencida tan fácilmente—. ¿Por qué no saliste a buscarme?
No respondió, pero me indicó que me sentase en un diván de terciopelo beige con almohadones bermellón en la sala de estar. Obedecí. Alistair tomó asiento en una otomana.
Las pesadas cortinas que cubrían las ventanas de la fastuosa estancia eran de terciopelo rojo  y se desparramaban como cascadas sobre el piso de mármol oscuro. Del techo pendía una colosal araña de cristal. Habían varios sillones, divanes y otomanas esparcidos en las orillas, y en el centro de la misma se hallaba maciza mesa octagonal ornamentada con una vasija grecorromana rebosante de flores secas. En cada esquina de la habitación habían colocado cirios negros, incoherentes con el estilo de decoración. Se respiraba un ambiente exótico, artificiosamente peligroso.
Dante cogió una copa de cristal del descansabrazos de un sillón cercano y me la ofreció. Contenía un líquido color esmeralda, y estaba fría al tacto.
—Bébelo, te ayudará a dormir —me aseguró.
—¿Qué es?
—Es cinolazepam, una benzodiacepina, un tipo de somnífero, diluido en un refresco que Alicia trajo.
Me llevé la copa a los labios y sorbí el líquido. Sabía maravillosamente bien, pero advertí un vago gusto a alcohol. Supuse que habrían revuelto el refresco con un poco de vodka. Temí por el efecto que podría tener la combinación química en mi organismo, pero aún así apuré la bebida y no dejé ni una gota.
—Regresaré dentro de algunas horas, cuando despiertes —sonrió—. Has de saber que el cinolazepam es una droga muy potente.
Me besó delicadamente en la cabeza y salió de la estancia por la puerta que conducía hacia el resto de la mansión.
—¿Vienes, Alistair? —llamó desde algún recóndito lugar.
El aludido replicó:
—¡Enseguida te alcanzo!
Y se sentó conmigo, en el diván.
—Escúchame bien —me dijo en voz baja y atropellada—. Estuve pensando sobre todo lo que le dijiste a Dante; ¿por qué no fue a buscarte? Realmente lo encuentro extraño, tratándose de él.
—¿Ahora entiendes? —repliqué, susurrando. El sonido de mis propias palabras parecía venir desde muy lejos. La felicidad que surgía en mi interior era apagada, como si fuese otra persona quien la experimentara—. Ya es demasiado tarde, sin embargo; me ha dopado y tú no hiciste nada para evitarlo.
Mis párpados pesaban demasiado como para mantenerlos abiertos. Mi cabeza cayó hacia atrás, topando con uno de los almohadones. No pude levantarla. No podía mover ningún miembro; me encontraba paralizada, sumergiéndome lentamente en una oscuridad fresca  y líquida como las profundidades del océano.
Alistar pronunció unas palabras que no logré entender. Casi pude verlas salir de sus labios y arrastrarse lentamente, como si estuviesen compuestas por alguna sustancia viscosa. Pensé en los relojes de la Persistencia de la Memoria de Salvador Dalí, escurriéndose perezosamente, y escuché cómo una risa tonta brotaba de mis cuerdas vocales.
Entreabrí los ojos, intentando escapar del quimérico sopor sintético. A través de mis pestañas tan sólo logré avistar los borrosos contornos de un mundo dorado y escarlata que se desdibujaba en pequeñas motas luminosas, tornasoladas, las cuales se encogían hasta convertirse en insignificantes puntitos subsecuentemente absorbidos por la oscuridad.
Y, entonces, el todo se convirtió en nada.

***

Cuando desperté, podría haber jurado que el tiempo no había transcurrido. Sin luz natural y sin relojes me era imposible saber qué hora era, qué tanto tiempo había permanecido con Morfeo.
Esperaba, en mi confusión inicial, encontrarme en algún lugar desconocido, atada con gruesas sogas a una cama en condiciones poco salubres, malherida y sangrante. Sin embargo, aún me encontraba en la sala de estar de la mansión, acostada en el mismo diván, sin cambio alguno en mi cuerpo o vestimenta.
Alistair había desparecido, pero eso era de esperar.
Me incorporé lentamente, como un niño que apenas descubre sus miembros y sus funciones. Sentía la cabeza pesada.
—¿Alistair? ¿Dante? —llamé sin esperar una respuesta.
Escuché sonidos provenientes de algún sitio lejano, sonidos semejantes a gritos y susurros, pero sonaban tan quedamente que no pude discernir si eran producto de mi imaginación o de la realidad.
Caminé un poco alrededor del diván, estirando los entumidos músculos de mis piernas, observando mis alrededores sin saber qué hacer a continuación. Decidí perderme en ensoñaciones referentes a Fatima, en fantasías en donde podía permitirme el lujo de creer que todo permanecía igual, que nada había cambiado en mi vida. Pero, como suele ocurrir cuando uno se encuentra disfrutando de la riqueza de su imaginación, me vi bruscamente arrastrada a la realidad. En este caso, el verdugo de mis fantasías era un trozo de papel higiénico arrancado descuidadamente y doblado varias veces, oculto entre dos almohadones. Lo recogí y lo desdoblé.
En él, alguien había escrito apresuradamente con tinta azul común y corriente:

Carta a un lector curioso:
Ahora te creo, ahora me arrepiento.
Huye mientras puedas. Sal por la puerta principal. No te adentres en la mansión, no vayas al sótano. Consigue un arma. No intentes contactarme ni a mí ni a los demás.
Ten cuidado.
¡Suerte!
Te quiere, eternamente,
Alistair.

Miré durante largo rato la nota, releyendo las palabras, sumida en la más absoluta perplejidad. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué clase de broma me estaban jugando? ¡No! Por favor, cualquier cosa menos esto. Podían acusarme de psicótica, podían hablar de lagunas mentales y de sonambulismo… ¡Pero no podían confirmar mis temores! ¡No se los permitiría! ¿Broma? ¿Realidad? No recordaba haber deseado nunca la locura en tal extremo.
Estaba dispuesta a destruir la nota, reducirla a diminutos trocitos y aventarlos al aire para que cayeran como decenas de copos de nieve y poder danzar entre ellos, pero me contuve. ¿Qué tal si todo era verdadero y entre mis manos sostenía el último vestigio de Alistair?
No lo soportaba más.
Guardé el trozo de papel en uno de los bolsillos de mi falda y salí de la estancia hacia el pasillo que conducía al resto de las habitaciones, ignorando las recomendaciones de Alistair pero resuelta a resolver el misterio aunque me costara la vida.
Lo primero que vi fue un gigantesco charco de sangre oscura, semicoagulada, esperándome en el pasillo. Las paredes también lucían un macabro ornamento de hemoglobina; manchas esparcidas por toda su superficie en patrones caprichosos.
Todos mis pensamientos se congelaron. Todos los sentimientos me abandonaron. No quería ni podía sacar conjeturas precipitadas. Ignoré la intuición primitiva que me decía que aquello era obra de Dante y esquivé el charco saltando por encima de él, adentrándome más y más en la guarida del peligro. Corrí hasta la puerta más cercana, la del baño, ubicada a la derecha del pasillo, y la abrí. Atisbé en el interior sin esperar ver algo en especial. Afortunadamente, se encontraba tan impecable como siempre, y pude continuar con mi recorrido.
El pasillo desembocaba en una amplia estancia en la cual se ubicaban los accesos a la cocina, al comedor, al cuarto de juegos, la salida trasera y las colosales escaleras de caracol que conducían a los pisos superiores. Al ver la salida, supe que era mi última oportunidad de escapar, pero rechacé la opción.
Todo se veía perfectamente normal, pero conforme me adentré más en la estancia percibí unas brillantes gotas de sangre en el mármol del piso, cerca de la entrada. Miré en derredor, intentando hallar un rastro que me guiara en alguna determinada dirección, pero no encontré nada.
Sentí algo frío caer sobre mi cabeza, como una gota de agua, mas no fue hasta que resbaló por el puente de mi nariz cuando vi su destello rojizo. Di un respingo y me llevé a la cara el dorso de mi mano, enfundada en mi guante de seda preferido, para limpiármela. Casi simultáneamente elevé la vista al techo.
Siempre había considerado que la cúpula de vitrales de aquel vestíbulo era sublime, que nada podría jamás macular su belleza arquitectónica, pero ahora que veía de donde provenía la sangre me vi forzada a cambiar de opinión. Se trataba de Alicia, una de mis amigas de la infancia, o más propiamente dicho, de su cadáver desnudo. Pendía de algún punto en la circunferencia de la cúpula por medio de una soga de alpinismo firmemente atada a su cuello, pero a juzgar por la manera en la que estaba hecho el nudo, supe que no había muerto ahorcada. Una herida recorría su torso desde la base del cuello hasta el ombligo. Parecía haber sido hecha por un cuchillo muy afilado puesto que no se veía la abertura en su piel sino un fino hilillo de sangre que bajaba hasta escurrir por su pierna y goteaba de la punta del dedo de su pie derecho. Dada la cantidad de sangre, supe que había sido una herida prácticamente post-mortem.
—Alicia… —susurré sin motivo alguno. Se me antojaba más apropiado que quedarse sin palabras, aún así.
¡Ella había sido parte del aquelarre demoniaco! ¿Por qué la habían asesinado? ¿También entre ellos se traicionaban? 
El único lugar donde podría encontrar las respuestas a tantas interrogantes era en el sótano, indudablemente. El sitio menos indicado al cual acudir si se quería preservar la integridad física, la psicológica, y la vida misma, pero a estas alturas ya no importaba tanto.
Tras comprobar que alcanzaba fácilmente los tobillos de Alicia si me estiraba un poco, dediqué un par de minutos a sacudir su cuerpo hasta hacer que sus ataduras cedieran. Pensé que el dejar a una amiga ahí colgada del techo era un acto de barbarismo aún si estaba muerta. Al fin, el nudo en el extremo sujeto a la cúpula se deshizo y Alicia cayó entre mis brazos. La abracé con cariño antes de depositarla con cuidado en el mármol. Me pregunté distraídamente si no sentiría demasiado frío, pero después me percaté de que los muertos estaban por encima de las inclemencias de la temperatura. Acomodé sus extremidades para que no quedara en una posición demasiado impúdica, sonriendo al percatarme de que probablemente eso tampoco le importaba ahora, y me dirigí hacia el pasillo que conducía al cuarto de juegos.
No esperaba encontrar tan pronto a otro de mis amigos.
Ahí, justo en el umbral del pasillo, se encontraba Daniel, tumbado boca abajo y desnudo como Alicia. Me arrodillé junto a él y lo giré hasta que estuvo sobre su espalda. La sangre manó de su boca. Entreabrió los ojos.
—¿Daniel? —murmuré, sobresaltada—. ¿Puedes oírme?
Sus labios temblaron. Bajo toda su piel se veía una sombra azul, y se apreciaba perfectamente bien el contorno de las marañas de arterias y venas debajo de ella.
—Tengo mucho frío —susurró entre borbotones de sangre.
—¿Qué te ha ocurrido?
—Dante… veneno. —Su mano se movió ligeramente, sus dedos se contrajeron espasmódicamente. Sus ojos empezaban a perder brillo, consumiéndose lentamente como la flama de una vela.
—¿Dante te ha envenenado, dices? Llamaré a una ambulancia.
—No. Quédate. —Más sangre. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, buscando febrilmente los míos.
Supe entonces que cada palabra significaba para él un esfuerzo sobrehumano; cada segundo llevaba consigo una agonía insoportable. Su mirada era lejana, como si sintiera su cerebro envuelto el más dulce y doloroso de los nepentes.
Estreché su mano entre las mías, intentando transmitirle un poco de tranquilidad en lo que seguramente serían sus últimos momentos. Él se aferró a mi con lo que supuse que eran todas sus fuerzas.
—Dile… Alicia, Marina… quiero. Ti… también.
Le sonreí y asentí con la cabeza.
—Se lo diré a las chicas —mentí. Pronto se encontraría con Alicia y podría decírselo él mismo. En cuanto a Marina, ¿quién sabe? Quizá también se reuniría con ella en el Más Allá, si es que existía tal cosa—. Nosotras también te queremos, y lo sabes. —Me incliné para besarlo en la frente.
Él intentó devolverme la sonrisa, pero tan sólo logró escupir otro par de bocanadas de sangre. Sus ojos estaban fijos en algún punto de mi rostro. Su mano continuaba aferrándose como si yo fuera su vida misma. De repente, sus fuerzas mermaron. Sus dedos dejaron de apretar mi mano. Su cara perdió la expresión de dolor y adquirió una casi cercana al asombro. Su mirada se volvió completamente ausente, pero su pecho aún se expandía y se deshinchaba al ritmo de su respiración. 
Tosió. Más sangre logró escapar de entre sus labios.
Ambos sabíamos que con aquellos últimos mililitros había perdido la batalla contra la muerte.
Exhaló un suspiro y su pecho no se volvió a inflar.
Sus ojos se apagaron por completo.
Había muerto.
Solté su mano para poder cerrarle los párpados. Me quedé ahí, contemplando su cuerpo carente de vida. No parecía estar muerto, aún pese a toda la sangre a su alrededor. Quizá en cualquier momento se levantaría y preguntaría por su ropa. Quizá se habría embriagado hasta perder el conocimiento tras haberse mordido la lengua y haberse desnudado en una reunión entre amigos. A la mañana siguiente todos podríamos reír al rememorarlo.
Pero aquello no era más que un sueño.
Dante lo había asesinado, ésa era la realidad, el propio Daniel lo había dicho. Dante le había administrado alguna especie de veneno que provocaba hemorragias internas y una lenta agonía. ¡Ésa era la realidad!
Arrastré suavemente al cadáver de Daniel hasta colocarlo junto a Alicia, sin saber muy bien qué me había impulsado a hacerlo. Murmuré una antigua plegaria pagana sobre sus cuerpos, deseándoles un plácido viaje al Más Allá.
Solté una carcajada ante la incoherencia de la situación.
Regresé al sitio donde había encontrado a mi amigo y sorteé los charcos hasta llegar al cuarto de juegos. Inevitablemente se tenía que entrar ahí para acceder al sótano.
El cuarto de juegos era un lugar amplio, como todo en esa mansión, de decorado similar al de la sala de estar aunque menos opulento. Otras diferencias consistían en que, en lugar de una mesa octagonal, aquí había una circular para fines múltiples y una de billar. En la única pared de la habitación no ocupada ni por ventanas ni puertas, habían construido un pequeño bar con estanterías perfectamente bien surtidas de bebidas alcohólicas y botanas. Cuando ingresé en el cuarto, fui a donde se guardaban los tacos de billar y cogí uno al azar. Dudaba que fuese decentemente mortífero, pero era mejor que nada.
Mientras cruzaba la estancia camino al sótano, reparé en que mis ropas se encontraban teñidas con la sangre de Alicia. Pensé, quizás estúpidamente, en que Dante podría llega a suponer que estaba herida y así subestimaría mis fuerzas, lo cual me daría un poco de ventaja.
Deseché tan fantásticas deducciones y tiré de la puerta para abrirla. Atisbé, temerosa, en el interior del sótano.
No vislumbré nada más que las macizas pero rústicas escaleras de madera que descendían hasta él, envueltas en una oscuridad tan espesa que su final no se distinguía. Palpé la pared, buscando un interruptor. No encontré ninguno. Suspiré, resignada, y bajé con cautela un par de escalones.
De repente, un foco se encendió sobre mi cabeza, cegándome momentánea pero completamente con su luz amarillo-anaranjada. Me cubrí los ojos con el brazo; demasiado tarde, el daño ya estaba hecho.
—Elodia —dijo una voz masculina desde las profundidades. Sonaba parecida a la de Dante, pero no estaba segura de que fuese la suya—. Sabía que vendrías. Alistair fue un poco tonto al dejarte esa nota. Ven, vamos; bienvenida a mi cuartel, a mi laboratorio. —Rió.
Descendí lentamente, intentando equilibrarme con el taco. Aún no recuperaba del todo mis facultades visuales.
—Parece que necesitas ayuda para bajar más a prisa —comentó burlonamente—, y ese artefacto te entorpece bastante. Permíteme ayudarte. —Inmediatamente después sentí cómo me arrebataba el taco con violencia y su misma fuerza provocó que yo perdiera el equilibrio por completo.
Caí y rodé, golpeándome contra seis escalones por lo menos en diversas partes del cuerpo.
Al llegar al suelo del sótano, sentí un sabor ferroso. Me había cortado el labio inferior.
—Bonita caída. Espectacular —aplaudió Dante—. Ten; no lo vayas a extrañar —añadió, dejando caer el taco de billar sobre mi adolorida espalda.
Escuché sus pasos resonar contra la piedra caliza del suelo del sótano mientras se alejaba un poco.
—¿Dónde está Alistair? —jadeé. Ignoré el dolor que relampagueaba por mi cuerpo y comencé a incorporarme—. ¿Lo mataste como a Alicia, a Daniel, y supongo que a los demás?
—No, no lo he matado —sonrió. Aún llevaba puesto el antifaz y su vestimenta se encontraba más ensangrentada que la mía—. Está en condiciones un tanto indignas, he de decir. Estoy seguro de que se molestará conmigo si te permito verlo pero, por otra parte, sé que nada lo haría más feliz. Su último deseo es, de hecho, hablar contigo. Te quiere bastante, ¿lo sabías?
Logré ponerme de píe.
—¿Y bien? ¿Dónde lo tienes escondido?
—Oh, por acá, en las mismísimas entrañas de esta vieja mansión. —Se encaminó hacia un pasadizo sombrío que yo no había advertido hasta entonces—. Por favor, sígueme.
Obedecí, asegurándome de mantener una distancia prudente. El aire olía cada vez más rancio conforme nos adentrábamos, revelando el hecho de que ésta era la única ruta de acceso y de salida.
—¿Por qué haces todo esto? —le pregunté al cabo de un rato—. Eres un ser malvado.
Soltó una risotada.
—¿Malvado, yo? ¡Pero si soy todo un ángel!
—Comparado con Berith, indudablemente.
Volvió a reír.
—Elodia, Elodia, ¡ahora recuerdo por qué me enamoré de ti! ¡Eres tan diferente de los otros, tan parecida a mí! —Se detuvo en seco, aún de espaldas. Lo imité. Cuando volvió a hablar, su voz era queda, apasionada—. ¿Sabes? En este mismo lugar, Alicia comenzó a llorar como histérica, ofreciéndome cualquier cosa a cambio de su vida. ¡No te imaginas qué disparates dijo! Pero la estrangulé y la colgué de la cúpula, cortando su torso para mayor impacto visual en ti.
»Marina también lloró cuando llegó su momento, pero el terror la había enmudecido. La suya fue una muerte silenciosa. De hecho parecía su propio funeral anticipado. No me divertí tanto, pero tuvo su magia como cualquiera.
Dante se volvió completamente hacia mí. Supe que lo que diría a continuación lo animaba a sobremanera. Sus ojos centelleaban con emoción.
No pude evitar sonreír ligeramente. No fue un gesto ni de felicidad ni de burla, sino de pura simpatía. Era como escuchar a un artista describir su obra maestra, a un niño hablando de sus sueños.
Él prosiguió:
—Cuando llegó el turno de Daniel… Cuando llegó su turno, no fue hoy, sino hace varias semanas. Le administré brodifacoum diariamente, aumentando cada día la dosis. Has de saber que el brodifacoum es un veneno anticoagulante que aumenta la permeabilidad de los vasos sanguíneos. En poco tiempo, se empiezan a presentar hemorragias internas que lentamente agotan al sujeto. Hoy, además, le administré una dosis elevada de arsénico que le provocó mayor sufrimiento junto con un poco del mismo cinolazepam que te di a ti. Después, mientras dormía, le provoqué diversos traumas internos que lograron que despertara sangrando profusamente hasta morir de shock  y paro cardiorrespiratorio a causa de la pérdida de sangre. 
»En cuanto a Santiago, me divertí utilizándolo como sujeto de prueba para lo que posteriormente le haría a Alistair. ¡Ya lo verás! ¡Oh, no puedo esperar a contemplar tu reacción! Es algo sumamente fantástico. No hay nada más sublime que el brillo en los ojos de un humano en el momento en el que su alma abandona el cuerpo.
»¡Dime que tengo razón! ¡Dime que no lo puedes negar! Tú misma lo viste. Si todo resultó como debía, entonces presenciaste la muerte de Daniel. ¡¿No fue así?!
Lo miré, azorada. Mi boca estaba un poco abierta. Él me miró a su vez, impaciente. Realmente esperaba escuchar mi respuesta.
Asentí torpemente con la cabeza.
—¡Dime, dime! ¡Nárrame lo que viste! —exclamó, acercándose hacia mí, observándome con grotesca expectación.
—Los humanos —dije, eligiendo cuidadosamente las palabras. Mi voz sonaba monótona comparada con la suya—, en su sapiencia, no aceptan a la muerte como algo natural. Al morir, sus rostros reflejan asombro, incredulidad. Incapacidad de aceptación.
¡Lograste verlo! —bramó, enloquecido, rebosante de felicidad maniaca—. Pudiste ver más allá de los sentimientos. Reflexionaste sobre la mismísima expiación del alma eterna sin considerar que es sobre un amigo de quien estás hablando. ¡Maravilloso! ¡Excelso! ¿Sabes en qué te convierte eso, querida? ¿Lo sabes?
—¿En un monstruo como tú?
—No, no precisamente. Intenta adivinar; soy mucho más que un monstruo. —Me dedicó la mejor de sus sonrisas de tiburón.
—No estoy de humor para tus juegos. Tú me traicionaste, al igual que…
Dante levantó una mano, interrumpiéndome.
—Calla —susurró, marcando una drástica diferencia con su comportamiento anterior. Se llevó el dedo índice a los labios—. Te explicaré lo que ocurrió. —Ahora se encontraba completamente tranquilo, sereno como el más apacible de los lagos.
—Eres un demonio —solté sin más.
—Calla; no lo soy. —Se sentó en el suelo en posición de flor de loto, indicándome con un gesto de la mano que lo imitara—. Te contaré otra historia.
—Dante, el cuentacuentos asesino —comenté sarcásticamente. Los golpes de mi aparatosa caída aún me dolían bastante, así que me quedé de pie, fingiendo observarlo con el mismo desprecio con el que él me había observado a mí—. Muero por escuchar una de tus narraciones fantásticas envidiables por Poe.
Rodeado por sombras, él era como una prolongación de la oscuridad. Me costaba advertir sus expresiones, seguir sus movimientos.
Le escuché suspirar profundamente.
—En realidad, yo fui el único que no te traicionó, Elodia mía —dijo al fin—. Todo esto lo hice por ti.
—¿Es un regalo, o qué? —inquirí, imaginándome incoherentemente a Alicia, colgada de la cúpula, con un enorme moño al cuello. Recordé entonces a mi fantasía de los relojes de Dalí y sacudí la cabeza para despojarme de las visiones. Quizá la célebre benzodiacepina aún no terminaba de hacer efecto en mi psique.
—Un regalo, sí, pero no sólo es para ti. Admitiré cierta finalidad egocéntrica. Te lo explicaré mejor si me lo permites.
—Claro, adelante. No tengo inconveniente alguno. No hay nadie esperándome en ningún lugar, supongo.
Me recargué en la pared mohosa, sintiendo el salitre en mi piel.
—Alistair nos espera —me contradijo con una sonrisa—, pero es sumamente paciente. Sabes ahora que mis planes para él son distintos. ¿No te has preguntado el por qué?
—Por supuesto que no; no seas tonto. Todo ha sido demasiado rápido como para analizar.
—Comprensible. En fin, lo que te quiero decir es que él es especial. No sólo diferente, sino especial, y lo es a tal grado que me molesté en torturarlo y en mantenerlo con vida. Hay, para ello, un par de motivos. El primero, el más importante, lo conocerás pronto, y el segundo consiste en que él te ama.
»¿Recuerdas cuando nos conociste? ¿Recuerdas cómo yo era sumamente frío y cómo Alistair, en cambio, se convirtió rápidamente en tu íntimo amigo? ¿No has olvidado aquel acontecimiento inesperado, aquella llamada que te hice en Nochebuena? Charlamos hasta el amanecer, y fue entonces cuando te pedí que fueras mi novia. De un día para otro, literalmente, me transformé de un desconocido al hombre de tu vida.
»Me atrevo a afirmar que advertiste la rareza de lo ocurrido pero, al igual que ahora, ¿te preguntaste a qué se debía? Has de saber que en este mundo no existen las casualidades y menos aún si se trata de mí; todo está fríamente calculado, nada es aleatorio.
»Ahora, al fin, tanto como si te lo preguntaste como si no, obtendrás las respuestas. Alicia, en aquel entonces, en aquel diciembre, era mi novia. Mi hermano estaba completamente loco por ti y yo no tardé en sentirme casi igualmente atraído. Hechizas a los hombres inconscientemente. Es irresistible el aura de misterio, inocencia y tristeza que te rodea, ¿lo sabías?
»Desde hace cuatro años he estado buscando a mi alma gemela a través de la oscuridad, de los mares, de los continentes y del tiempo. Oh, por favor, no te burles. Mi concepto de alma gemela no es en lo más mínimo romántico. Yo tan sólo me refiero a una especie de contraparte femenina, tanto en ambiciones como en personalidad. Creía haberla encontrado en Alicia, pero tiempo después apareciste tú con tu magia y lo cambiaste todo con una mirada.
»Tú y yo somos iguales. Monstruosamente idénticos. No me interrumpas; luego podrás explayarte cuanto quieras.
»Todo esto es una prueba para ti, una prueba durante años maquinada. He de decir que te has comportado mejor de lo que esperaba, aunque sufriste de algunas alucinaciones. Yo no soy un demonio. El Dante de quien te enamoraste no es en absoluto distinto a mí. Somos uno solo. El punto está en que ahora me muestro tal cual soy, sin antifaces y sin máscaras. El antifaz en mi rostro carnal no significa nada; la apariencia física es completamente irrelevante. Únicamente debes de concentrarte en el interior. Es imperante que veas más allá de la nube de sentimientos que te impide hacer pleno uso de tus facultades psíquicas; sin ellas no eres nada.
»Esta prueba consiste en que yo convencí a Daniel, Santiago, Marina y Alicia de que te hirieran emocionalmente. No tienes idea de cuántas barbaridades les ofrecí para que accedieran, desde sexo hasta dinero. Por supuesto, no cumplí con nada. Son seres indignos, son escoria en estado puro. Al final, todos se arrepintieron de haberte desertado. Yo me encargué personalmente de ello. En caso de que Alicia hubiese demostrado ser un ser completamente incorruptible, quizás me hubiera visto forzado a someterla a más pruebas y la lucha entre tú y ella para ocupar el puesto de mi alma gemela aún continuaría, pero no fue así. Tú sigues siendo la única elegida y eso es algo que probablemente no cambiará nunca.
»Ahora, por último, te hablaré sobre el amor que Alistair te profesa.
»Intenté ponerlo también en contra tuya, pero te ama tanto que se resistió con todas sus fuerzas. Eso, cabe mencionar, lo condujo a un inimaginable sufrimiento físico y mental. Cuando digo, todas sus fuerzas, me refiero a todas. Te conozco lo suficientemente bien como para saber que no te es en lo más mínimo indiferente. Sin embargo, éstas no son más que premisas. La verdadera pregunta y la secuela de estas palabras y de este episodio en nuestras vidas es, ¿qué harás en la prueba final?
»Procura no decepcionarme. Tanto si lo haces como si no, se te revelará la respuesta a la pregunta de por qué lo dejé con vida. Créeme que su último deseo me importa un carajo. Espero haber aclarado todas tus dudas. Espero que mis palabras te hayan preparado plenamente para lo que está por venir.
»¿Estás lista?
Dejé que el ensordecedor silencio arropara sus palabras, observándolo con los ojos humedecidos. Yo nunca había sido una persona fuerte al rememorar el pasado; vivía el presente sin hundirme en los recuerdos. Al encontrar a los cadáveres de mis amigos había sentido que ya no tenía nada más que perder, pero ahora que Dante me hablaba sobre mi vida anterior y sobre los secretos que él y su hermano habían mantenido ocultos durante tanto tiempo, cambié de opinión.
Ante mis ojos desfilaron escenas imaginarias, escenas vagamente basadas en la realidad, en lo diferente que habría sido todo si Alistair hubiese sido mi novio. Quizás los asesinatos jamás hubiesen ocurrido. Quizá Dante descargaría su impulso homicida sobre Alicia y nadie más, manteniéndonos a todos fuera de sus ilusiones enfermizas.  ¿Por qué Alistair había sido tan débil? Él había provocado sentimientos románticos en mi interior y los había dejado morir y transformarse en pasión hacia el apuesto hermano mayor. Un gemelo sumiso, un gemelo déspota. La prefecta dualidad. El Yin y el Yang. Dos almas que debieron de haberse juntado en un solo cuerpo para conferirle un poco de equilibrio, pero algo había salido mal. El fuerte prevalecería, el débil moriría. El macho alfa se quedaba con la hembra y decidía lo que se hacía en la manada. La ley de la naturaleza.
Ahora fue mi turno de suspirar. En parte para ganar un poco de tiempo antes de responder, en parte para tranquilizar mi interior.
—Estoy lista para lo que sea que tengas que mostrarme —murmuré.
—Así me gusta —el tono de Dante era quedo, cauteloso. En verdad se avecinaba algo importante.
Se incorporó. Quedose unos segundos de pie ante mí, observándome con solemnidad. Después, indicándome que lo siguiera, se adentró más y más en el centro del intrincado sótano.
De repente se escucharon unos sollozos apagados, masculinos, provenientes del lugar a donde nos dirigíamos. Dante me dirigió una sonrisa por encima de su hombro.
—¿Alistair? —pregunté, y él asintió.
Volví a suspirar. Parpadeé un par de veces para secar las lágrimas que se comenzaban a formar en mis ojos. Me restregué el párpado inferior con los dedos para no dejar ni la más mínima huella de tristeza y temor.
Al cabo de poco tiempo llegamos a un lugar similar a una caverna, tan alto como ancho, de paredes, techo y suelo burdos. Yo nunca había entrado ahí; no tenía idea de su existencia. Sin embargo, Dante se movía dentro de él como si siempre hubiera sido su hogar.
La estancia estaba tenuemente iluminada por una luz amarillenta proveniente de un quinqué ubicado en el centro de la misma. Su tono enfermizo llamaba la atención y difuminaba un poco el resto de los detalles, pero no tardé mucho en advertir las cuatro mesas quirúrgicas dispuestas a su alrededor. En dos de ellas se encontraban Santiago y Marina, desnudos, ensangrentados, tendidos boca arriba con los ojos opacos clavados en la húmeda piedra del techo. En otra mesa Dante había dispuesto varios instrumentos quirúrgicos, gasas, copas y botellas de cristal ámbar que probablemente contenían todo su arsenal de toxinas.  Bajo la misma se hallaba un portafolios de cuero marrón oscuro perfectamente bien cerrado, por lo que no pude saber qué guardaba en su interior. La cuarta mesa estaba vacía.
Busqué a Alistair con la mirada. Dante estaba junto a mí, sonriendo apaciblemente. Caminé un par de pasos hacia la izquierda y otro par hacia la derecha, estirando mi cuello en todas direcciones. En algunas zonas del halo luminoso del quinqué se formaban puntos ciegos, manchas de luz a través de las cuales no se podía ver nada. Era un efecto extraño, una ilusión óptica quizá relacionada con la humedad del ambiente. Al cabo de algunos intentos distinguí una sombra negra ubicada al fondo. Corrí hacia ella.
Era Alistair.
El chico, el hermano menor, el sumiso, se encontraba amarrado de piernas, tórax y brazos con tiras de cuero a una silla parecida a aquellas que utilizan los dentistas en sus consultorios, ligeramente reclinado hacia atrás. Jadeaba dificultosamente. Ningún ojo brillaba ya en su cuenca derecha; tan sólo quedaba una masa sanguinolenta que se escurría hasta su barbilla. Su cabello estaba apelmazado con sangre seca. Su cuello exhibía marcas violáceas y su rostro estaba cubierto por una telaraña de finos cortes aún frescos. Una larga bata de hospital cubría su cuerpo, y Dante le había echado otra encima descuidadamente. Bajo la tela no se advertí más que un vago contorno de las extremidades y unas cuantas manchas rojizas que traspasaban los tejidos.
—Si te preguntas por qué tiene tantas prendas encima —apuntó el hermano déspota desde algún lugar a mis espaldas—, te diré que el cuerpo de Alistair no es algo que quieras ver en estas condiciones.
Me lo había imaginado. No respondí. Me dediqué a estudiar al rehén con la mirada, absorta, evaluando el sufrimiento que le habían provocado las heridas.
—¿Alistair? —murmuré, caminando hasta quedar a un lado de la silla. Acerqué mi boca a uno de sus oídos y pregunté quedamente—: ¿Estás aquí?
La velocidad de sus jadeos aumentó pero intentó amortiguar su sonido. Su único ojo bailoteaba ahora erráticamente, enloquecido, alrededor de reducido campo visual. Me aseguré de que pudiese verme y le dediqué una sonrisa a medias.
—¿Cómo te sientes? —inquirí.
Él fijó su ojo durante una décima de segundo en mi entrecejo, aparentemente incapaz de hacer contacto visual directo, y vislumbré en su mirada una furia fría y una vergüenza indescriptible. Luego, el iris verde reanudó sus agónicas danzas.
—¿Cómo crees tú que se siente? —intervino Dante en tono burlón, ahogando una carcajada—. ¿Quieres que te narre todo lo que le he hecho? Quizás así puedas comprender la magnitud de su dolor.
Alistair gruñó como una bestia amenazante, furibunda e impotente. Dante, el déspota, se precipitó hacia él atravesando rápidamente el espacio que los separaba y lo atizó repetidas veces. En su puño usaba un dispositivo de metal con púas para provocar el máximo daño posible.
La sangre salió disparada de la boca de Alistair. Cerré los ojos. Golpe, golpe, golpe. Quejido ocasional. Olor ferroso. Una sucesión de estímulos auditivos y olfativos que intenté ignorar.
—¡Elodia! —bramó Dante, aún golpeando a su hermano—. ¡No ganarás nada cerrando los malditos ojos, carajo! ¡No puedes negar la realidad!
Sentí que me propinaba un puñetazo en el abdomen. Fue una explosión de dolor cegadora, blanca y amarilla. Abrí los ojos mientras caía de espaldas, observando atónita un mundo súbitamente más resplandeciente y definido. Dolorosamente definido. Las distancias no existían, la perspectiva había desaparecido. El tiempo transcurría lentamente. Veía el puño de Dante aún retrocediendo, me veía a mí misma caer. Percibí algún irremediable daño interno en mis vísceras y sentí la sangre manar. Los ojos me escocían mientras se formaban lágrimas en ellos. La adrenalina fluía por mis venas, aún más atronadora que el golpe en cuestión. Casi inmediatamente después, mientras mis sentidos regresaban a la normalidad y me arrastraban a una realidad avasalladora, escuché un gemido de protesta de Alistair. Un gemido puramente bestial, inolvidable. Dante lo silenció con otro puñetazo.
Me quedé enroscada en el suelo, apretando mis rodillas contra mi pecho intentando hacer que el dolor remitiera. Me escocía el abdomen; era un dolor indescriptible. Tosí un par de veces y escupí sangre. Recordé la agonía de Daniel. ¡No quería terminar en la misma situación! Sin embargo, no sabía qué hacer para evitarlo. Apoyé la mejilla contra la fría piedra, procurando evitar mi propia sangre, y esperé. Alistair respiraba rápida y superficialmente como un animal agonizante. De su hermano no escuchaba ni veía nada. Al menos el sumiso seguía con vida, y eso era lo único que me interesaba por ahora. Me permití cerrar los ojos y descansar.
—¿Qué manía tienes con negar la realidad? —escuché inmediatamente después aquellas palabras pronunciadas por la siniestra voz de Dante.
—Ésta no es la realidad —murmuré, apretando mi cuerpo contra el suelo.
—Lo es. —Advertí cómo su cuerpo se movía hacia mí; era una sombra intangible. La silueta me cogió bruscamente por los brazos y tiró, obligándome a levantarme—. Ven conmigo.
Colocó uno de mis brazos alrededor de su cuello, agachándose él un poco para poder servirme de muleta, y me asió con firmeza por la cintura. Incliné la cabeza ligeramente hacia adelante y vi la parte frontal de mi vestido completamente desgarrada, ensangrentada, devastada al igual que la piel debajo. Me llevó, medio a rastras, hasta la silla de Alistair. 
—Míralo —me dijo Dante—. Míralo a la cara.
Temiendo las consecuencias de mi desobediencia, elevé lentamente la vista hasta topar con el rostro de Alistair. Mis piernas temblaron amenazando con hacerme caer en cualquier momento. No había rasgos reconocibles en aquel cúmulo de sangre y hueso. No existían ni nariz ni labios ni dientes en aquel ser que aún respiraba.
Ahogué un grito.
Dante soltó una carcajada.
—¡Mira cómo sufre! Hermanito, ¿sufres mucho? Hermanito, ¿deseas que esto termine? Pídeselo a Elodia. —Me miró, sonriente—. Elodia, mátalo por mí. Mátalo por él mismo. No quieres que siga en tal situación, ¿verdad? Oh, vamos, lo aprecias demasiado. Sería un homicidio por misericordia.
—¿Misericordia? —farfullé—. Tú no me hables de ella. Ni siquiera conoces su significado. No soy como tú; no asesinaré a quienes amé en algún momento. Prefiero morir a hacer eso.
Dante me fulminó con la mirada desquiciada. Estaba completamente fuera de sí. Me pregunté en qué momento había enloquecido tanto. Me pregunté por qué no habíamos hecho nosotros, sus amigos, nada por evitarlo. Me pregunté en qué nos habíamos equivocado. Como única respuesta a mis interrogantes jamás externadas, él cogió un cuchillo de carnicero de la mesa quirúrgica más cercana y extendió el brazo, ofreciéndomelo solemnemente.
—¿Quieres que me suicide? —inquirí.
—No. ¿Qué ganaríamos con eso?
»Es tu decisión en qué sentido apunta la hoja.  —Giró el arma hasta que quedó apuntando hacia Alistair. Asintió una sola vez, estableciendo contacto visual conmigo, exhortándome en silencio a elegir aquella posición de la cuchilla. Luego, volvió a hacerla girar hasta que me señaló a mí—. Tú eliges quién muere. Veo que piensas traicionarme, pero he urdido este plan con tanta frialdad que no estoy dispuesto a permitir que te salgas con la tuya. El día de hoy, sin importar qué hagas, morirá un total de cinco individuos. Han fallecido cuatro a mis manos. El último, el quinto, será tu responsabilidad. Serás una asesina, quieras o no.
—Si elijo la muerte para mí misma, ¿qué ocurrirá con tu hermano? No puedes dejarlo en estas condiciones. No sobrevivirá. ¿Acaso también tu plan contemplaba la posibilidad de que muriesen seis, o no te atreverás a darme muerte? No puedes obligarme a decidirme por la muerte de Alistair. He aquí el pequeño error de tu plan.
—Te conozco, Elodia. Te quieres demasiado a ti misma como para renunciar a tu vida.
Suspiré. Una nueva oleada de dolor inundó mis entrañas.
—¿Ignoras que el comportamiento humano cambia radicalmente en situaciones extremas? —Me dejé caer en el piso bruscamente; no soportaba estar de pie durante más tiempo—. Has estudiado admirablemente bien el arte de la muerte, pero has dejado de lado el aspecto psicológico de tus víctimas. Es muy importante. Quiero ser yo quien muera, es ésa mi decisión. —No me costó pronunciar aquellas palabras. Ningún sentimiento de arrepentimiento afloró en mi interior.
Evalué rápidamente, aunque quizá demasiado tarde, las consecuencias. Si elegía la vida, probablemente me resultaría difícil existir sabiendo que fui yo quien permitió que Alistair muriese en manos de su propio hermano. Seguramente sería prisionera de Dante durante tiempo indefinido, sin posibilidad alguna de poder escapar o pedir ayuda. Cometeríamos varios crímenes más, asesinaríamos brutalmente, hasta que en alguna brigada especial nos diera caza y terminara por acribillarnos en un oscuro callejón de alguna gran y viciosa metrópoli. En el inter, Dante me sometería a base de violencia física y psicológica. Sería una vida triste, lúgubre, sangrienta y carente de creatividad. En cambio, si optaba por la muerte para mí misma, ahí concluiría todo. Ningún arrepentimiento, ningún sufrimiento, ningún derramamiento de sangre.  Ninguna vida a manos de un hombre desquiciado.
Para cuando concluí el análisis, Dante ya se encontraba frente a mí, blandiendo el cuchillo en alto. Sonreí de oreja a oreja. Él me miró confundido. Avisté cómo su brazo perdía fuerza, doblándose ligeramente, haciendo descender un par de centímetros el arma.
—¿Estás completamente segura? —me preguntó con voz tensa—. Piensa en lo mucho que brillaríamos juntos. Piensa en las maravillas que haríamos. Tú y yo, juntos por siempre.
Me encogí de hombros.
—Mátame —dije. Sentía la paz reflejarse en mi rostro.
El suyo se crispó en un gesto furioso.
Rayo de plata. Vacío en el estómago. Las tenazas del Miedo estaban estrujando mi corazón, pero la dulce promesa de la Muerte elevaba mis comisuras en una sonrisa soporífera. Otro relámpago de dolor, esta vez carente de adrenalina, mucho más intenso que el provocado por el puñetazo, sucedido por otros tantos. Los gritos se formaban en mi interior; sin embargo, no sabía si emitía sonido alguno o no. La respiración agitada y agonizante de Alistair. Mi cuerpo estaba empapado en un líquido agradablemente tibio. Era como estar flotando en las aguas de la propia fuente de la existencia, aguas que prometían una próxima paz. Mis ojos, que habían sido cegados por el luminoso dolor, vislumbraron siluetas humanas envueltas en túnicas blancas con holgados capuchones, figuras que me miraban, ligeramente sonrientes, y susurraban una cacofonía de palabras de alivio. Distinguí a mi madre muerta, a mi abuela, a mi tío fallecido; todos me hablaban, todos me saludaban. Todos me daban la bienvenida.
Fatima dio un paso al frente, extendiendo un par de fantasmagóricos brazos de radiante blancura, con su sonrisa de perlas destellando con magnificencia. Su imagen se difuminó velozmente, transformándose en Dante.
Aprecié por última vez el frío recorrido que el cuchillo trazó en el aire, directo a mi pecho, produciendo un sonido a la vez lejano y estruendoso. Un último relámpago. Una última espina. El final de mi agonía.
El epílogo de mi existencia.

***

Centenares de gotas de plata emergían de las entrañas del cielo de perla y nácar, cayendo como lágrimas celestiales sobre la tierra reseca. Las plantas se estremecían bajo el peso del agua que caía sobre sus hojas, temblando dulcemente como una doncella que recibe el primer beso del amor verdadero, y quedaban divinamente decoradas por minúsculos diamantes líquidos. El agua se acumulaba en charcos de arcoíris sobre el asfalto manchado por la gasolina y el aceite, y las gotas que caían dentro de él provocaban una maraña de ondas en las que los reflejos se veían distorsionados. De vez en cuando se formaba por aquí y por allá un pequeño riachuelo que arrastraba consigo decenas de hojas interfectas, aquellas hojas que habían danzado con el cortejo de la Muerte.
En el bordillo de la calle se encontraba sentada la espigada figura de Elodia envuelta en lustrosa tela negra. Sus ojos observaban fijamente la trayectoria de las gotas de plata que atravesaban su mano extendida, sin mojarla, y sin que su cuerpo provocara turbación alguna en el líquido esférico. Se rehusaba a elevar la vista; sabía que allí, a unos cuantos metros frente a ella, un equipo de médicos forenses y detectives de la policía trabajaban en el misterioso caso del adolescente asesino. “Probable ritual satánico,” les decían a los reporteros mientras un brazo cerúleo caía fuera de la camilla en la que transportaban a Alistair. “Homicidio y tortura de seis jóvenes entre quince y veinte años”. Elodia sólo escuchaba y observaba sin ver, imaginándose que era el cielo quien lloraba por sus muertes.
Preguntándose distraídamente qué hora era, evadió el contacto visual con los hombres y miró al horizonte, descubriendo el último destello del sol agonizante, el último vestigio de oro en la vena de plata. Recordó el encuentro con Fatima, ocurrido hacía aproximadamente un día exacto, y en ese preciso momento apareció la silueta de la chica del cabello de latón ante sus ojos febriles.
Fatima le sonreía desde la acera opuesta, erguida con el porte de una virgen ante el pórtico de la casona. A sus espaldas y a través de ella transitaban los médicos forenses, sintiendo oleadas de frío cada vez que daban un paso dentro de ella. Elodia le devolvió lentamente la sonrisa, dejando caer el brazo que tenía extendido y colocándolo entre sus rodillas flexionadas. Sí, era cierto; ahora ambas estaban muertas. No todo había terminado. El mundo de los vivos era el que se desvanecía ahora para Elodia, la chica traicionada que se abría paso hacia una nueva realidad. Ahora no era Fatima quien estaba fuera de lugar, sino todos los hombres alrededor. Aquellos hombres que sin mayores miramientos ingresaban al reino de la Parca y profanaban sus trofeos mundanos.
Bienvenida a mi realidad¸ dijo Fatima extendiendo ambos brazos hacia el frente en un gesto maternal.
Elodia separó los labios en una sonrisa radiante. Sin pensárselo dos veces, se incorporó y caminó hacia la chica. Una patrulla arrancó en ese momento y atravesó a Elodia, quien se limitó a soltar una carcajada de cristal ante la curiosa sensación de la velocidad en sus entrañas.
Fatima soltó una discreta carcajada.
¿Ves? Te lo dije. Es triste estar muerto, pero puede resultar hermoso.
Una brisa fría y húmeda elevó las hojas secas en una trayectoria casi horizontal. Como balas orgánicas atravesaron los cuerpos insustanciales de las dos muchachas y se perdieron en la distancia, persiguiendo al automóvil, huyendo de sí mismas. Elodia corrió hacia Fatima y la abrazó, sintiendo una corriente de energía gélida, incoherentemente vital, fluir entre ambas. Juntas comenzaron a danzar al ritmo de la muerte, dando vueltas entre y sobre los médicos forenses, divirtiéndose la provocarles escalofríos a su contacto, maravillándose ante la visión del cadáver de Elodia. Rieron ante su desgarrado abdomen y las opacas vísceras que de él asomaban, alegrándose de no poder ser heridas nunca más.
Entre más cuerpos destazados y sangre, las dos almas se cogieron de las manos y se mofaron del interés de los humanos en materias de la expiración y lo putrefacto. Unieron sus labios, sellando la eternidad en el primer beso de hielo. Se alejaron entre risas cristalinas, flotando con el viento de plata, elevándose por encima de los árboles, las montañas y la vida, dispuestas a disfrutar del crepuscular desfile del otoño perpetuo en el callejón de la muerte. Ahora ya nada las podía dañar.

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